Basta pararse a pensar unos pocos minutos para darte cuenta de lo que hacemos  por aparentar más de lo que somos, tenemos, sentimos o cualquier otra acción, que por simplemente mostrar la realidad de lo que somos, tenemos o sentimos, por ejemplo.

Escondidos tras nuestra máscara social

Escondidos tras nuestra máscara social

Vivimos en una época llena de imágenes e ideas hechas patrones. Arque- y estereo-tipos que hacen que vivamos con esa especie de complejo de querer ser quien seguramente no seamos. ¿Por qué no criticar ciertos comportamientos que nos imponemos de forma, a mi parecer, absurda?

He comprobado, de primera mano, que en muchas ocasiones lo que parece ser acaba por no ser exactamente eso mismo; es más, en algunas ocasiones termina por ser casi lo terriblemente opuesto. Así, quien se empeña en hacerte creer lo feliz que está, podría hartarse a llorar todos los días por no ser tan feliz como tú, que también te has esforzado lo tuyo para que tu vida no parezca completamente falta de emoción ante tal vida de american film que tu amigo o amiga se ha trazado.

Poco a poco me estoy convirtiendo en lector habitual de los nicks que nos ponemos (todos) en el famoso programa Messenger. Por un lado, tenemos a los que publican su vida, cada uno con una intención distinta –que va desde los que cuentan todo aquello que les ocurre simplemente por considerarse grandes ombligos de su micro-mundo hasta los que buscan la reacción del otro al ver la indirecta mucho más que directa que ellos han escrito–, y por el otro, los que inventándose una “falsa personalidad” se van vendiendo de forma descarada como si de un producto comercial se tratara; entre los unos y los otros podemos encontrar un gran abanico de imágenes prediseñadas, la mayoría falsas, que ni ayuda –más bien dificulta– al bienestar común ni al entendimiento entre unos y otros.

Este último programa es un simple ejemplo de lo que nos ocurre. Hemos trasladado el mundo de la publicidad a nuestro día a día, con todo lo que ello conlleva. Nos convertimos así en un mercado continuo, donde elegimos lo que nos entra por los ojos y devolvemos en el momento todo aquello con lo que no nos encontramos completamente satisfechos.

Seguramente, todo esto te hará –o por lo menos deberá– darte cuenta de lo poco que vale la pena forzar la imagen que damos a los demás. Una vez más, se puede comprobar que lo natural vence a lo artificial y que vale la pena vivir con la imagen exportada que corresponde a nuestra personalidad, aún en estos tiempos que corren de futuro incierto de nuestro planeta.

Fuente: http://essential-times.blogdiario.com/1170778920/

Anuncios